DORA SALAZAR

Crítica de la artista por:
Alicia Fernández
Bilbao, 17 de Noviembre 2003

A mediados de los años 80, Dora Salazar se abrió paso en el panorama de la escultura con aires frescos y renovadores. La construcción de piezas con referencias figurativas realizadas mediante el reciclaje de sillas, materiales de desecho como latas, planchas y llantas metálicas, ensambladas por remaches, constituyeron unas propuestas originales que poco tenían que ver con los estrictos planteamientos de los escultores vascos de generaciones anteriores. Sorprendió entonces la vitalidad de una artista que convertía en virtud las dificultades de un medio tan hostil y complejo como la escultura. Con el tiempo, y distanciándose de sus pasos iniciales, Dora Salazar ha construido un camino propio en el que mantiene el arranque intuitivo de sus trabajos y el conocimiento de los recursos del oficio. Además, su obra refleja la huella de la experiencia y el recurrir a la memoria personal para recoger de ella caminos abiertos en otros momentos que cobran vida en cada entrega gracias a nuevos impulsos.


En la exposición "Ojos que no ven, corazón que no siente" reúne esculturas y dibujos en los que se encuentran las claves de su trabajo reciente. Cuestiones como la identidad del individuo, esencial en el arte contemporáneo y en la vida, la representación del cuerpo y en su caso, la construcción de alegorías sobre la imagen de la mujer son constantes, que pudieron verse ampliamente reflejadas en la muestra "Soliloquios" celebrada, a principios de éste año, en la Sala Juan Bravo de Caja Navarra en Madrid y en la Ciudadela de Pamplona.


Mirando hacia atrás encontramos los referentes más próximos en sus "Corsés" (1994) prototipos elaborados en hierro y aluminio; en sus "Heroínas ficticias" (1998) realizadas en metal y tiras de caucho o en los "Trajes para volar" y "Trajes para andrógino" (1999) y en la serie "Humano, demasiado humano" (2000), donde ya aparecían cuerpos trenzados con hilo de cobre. En todos ellos hay un interés por los aspectos más evidentes de la escala y la estructura humana, pero es un interés que incide en la parte reflexiva del asunto enunciado.


Las obras de Dora Salazar no representan sino que encierran una sensibilidad que el espectador debe encontrar. La artista construye formas y volúmenes e intenta sugerir y enunciar mensajes que ahora son más poéticos y antes, quizás, eran más irónicos y críticos. Reconocemos aparentemente esas figuras femeninas, pero su vacío interior nos descubre el misterio de un cuerpo atrapado por una fina trama de hilo. Como el aire encerrado dentro del molde de yeso relata la huella de la ausencia del "Homenaje a Frida Kahlo" y reproduce el espacio habitado por una única forma humana. En paralelo la lectura exterior de las piezas simula una piel de cobre, de estaño o de cuero, según los casos, con las superficies irregulares que reflejan una construcción manual. Porque Dora Salazar manipula con facilidad los materiales, elabora cada pieza con un proceso artesanal y su proximidad a la materia le hace cómplice del tratamiento impuesto; antes a base de remaches y ahora mediante las uniones de piezas de cuero o con el trenzado de cuerdas e hilos. También la idea del orden y la búsqueda de un canon están presentes hasta en las piezas de apariencia más frágil que, como los dibujos, sirven a la artista para plantear preguntas y originar nuevas obras. La visión global del trabajo de Dora Salazar transmite una sensación peculiar en la que se mezclan intenciones cruzadas en distintos tiempos y en la que prevalece la definición de lo escultórico, no por el peso y la presencia firme, sino por los comportamientos más sutiles de las formas. Quizás sea porque su obra se guía siempre por los impulsos del corazón.